En la cocina de casa de su madre, Jorge Casares empieza el domingo con chocolate y churros. Dice que suele desayunar poco, pero la escena tiene el peso suficiente para abrir la conversación: una mesa familiar, algo caliente, una mañana sin demasiada ceremonia y esa tranquilidad doméstica que no necesita explicarse demasiado.
Se despierta a las nueve cuando no hay obligaciones. En los primeros diez minutos se asea, sin convertir el arranque del día en una liturgia. Lo importante del domingo no está ahí, sino en lo que protege después. Para Jorge, los fines de semana son sagrados. Rara vez trabaja. Ese tiempo queda para sus hijos, la familia y los amigos. Cuando viene de una semana cargada, lo que le devuelve la calma con más facilidad no es una técnica ni una rutina sofisticada, sino un rato con amigos el viernes de tardeo.
Esa manera de decirlo, tan directa, ayuda a entender cómo se presenta cuando le quitas la tarjeta profesional. Si no pudiera decir “administrador de fincas”, se definiría como padre de familia numerosa, amigo y “la calma cuando hay tempestad”. La frase tiene algo de retrato y algo de método. En este oficio, la calma no es una virtud decorativa. Es una herramienta de trabajo cuando alrededor todo se mueve, cuando una filtración parece más urgente que la anterior, cuando una junta se calienta o cuando alguien necesita que otro aguante el centro de la sala sin contagiarse del ruido.
En casa o en el despacho, el objeto que más lo retrata es el móvil. No lo dice con orgullo ni con queja, más bien con resignación. “Me temo que el móvil”, responde. Ahí cabe media profesión: llamadas que entran cuando no deberían, avisos que se mezclan con la vida, mensajes que parecen pequeños hasta que dejan de serlo. El teléfono no es solo una herramienta. Es una forma de estar disponible, a veces demasiado.
Si la profesión fuera un paisaje, Jorge la ve como un bosque de montaña, lleno de belleza y obstáculos. La imagen funciona porque no romantiza del todo ni amarga del todo. Hay belleza, sí, pero hay que caminar mirando dónde se pisa. Hay sombra, desnivel, ramas atravesadas, claros que aparecen de pronto y tramos donde conviene no ir solo demasiado deprisa.
No hubo un instante en el que pensara “esto es lo mío”. Empezó ayudando en el despacho a sus hermanos y terminó haciendo de aquella ayuda su única profesión. Su primer encargo fue un edificio en el que la familia tenía inmuebles. No hay mito fundacional ni vocación revelada. Hay continuidad, familia, necesidad, aprendizaje y una profesión que se va quedando porque, cuando miras atrás, ya ha ocupado una parte esencial de tu vida.
Ese origen familiar vuelve con fuerza cuando recuerda una de las situaciones que más lo marcaron. Después del fallecimiento de su hermano, tuvieron una comunidad abandonada. Jorge reunió a los propietarios, pidió disculpas, ofreció soluciones, puso su cargo a disposición de la comunidad y se ofreció incluso a pagar los honorarios de otro compañero durante seis meses. Hoy, veinticinco años después, esa comunidad sigue con ellos.
La escena dice mucho más que una declaración de principios. No habla de imagen, habla de responsabilidad. No tapa el error, lo pone delante. No desplaza la culpa hacia las circunstancias, aunque las hubiera. Se sienta con la comunidad, reconoce lo ocurrido y ofrece una salida concreta. En un sector donde muchas veces la confianza se rompe por acumulación de silencios, ese gesto tiene un valor difícil de exagerar.
Un día normal suyo se puede contar en tres escenas breves: café, un acta y algún desastre con una filtración. Después, si el día lo permite, paseo y cerveza con un amigo. Ahí aparece de nuevo la misma alternancia: lo técnico y lo humano, la urgencia y la salida, el documento y la calle. El oficio no se queda dentro del despacho, pero tampoco puede ocuparlo todo.
En las juntas, Jorge no presume de grandes batallas. Dice que pocas se le han ido de las manos, aunque recuerda una instalación de ascensor en una comunidad pequeña. El propietario de un bajo fue después de la reunión a amenazarlo. Consiguió convencerlo y, días más tarde, aquel vecino volvió para disculparse. Lo interesante no es solo que la situación se recondujera, sino que no se resolvió con autoridad impostada. Hubo que aguantar la tensión, hablar, convencer y dejar que el otro pudiera regresar sin quedar aplastado por su propio enfado.
Para que los acuerdos no terminen convertidos en un “yo entendí otra cosa”, su método es sencillo: repetir en alto el acuerdo y escribirlo delante del presidente. No hay demasiada sofisticación en eso, pero sí mucho oficio. El acuerdo necesita quedar fijado en el momento, no reconstruido después con la memoria de cada uno. En comunidades donde una palabra mal entendida puede abrir semanas de reproches, leer, repetir y escribir es una forma de cerrar bien.
Cuando habla del principal problema de las comunidades, Jorge no señala primero una patología concreta del edificio ni una partida presupuestaria. Va a la posición del administrador. Según la ley, dice, somos secretarios; en la práctica, somos los CEO. La frase tiene un punto incómodo porque toca una tensión real: se espera del administrador que dirija, anticipe, resuelva, coordine, explique y soporte el desgaste, pero cuando algo sale mal, la responsabilidad se le coloca encima con facilidad.
Esa falsa posición en la gestión, como él la llama, atraviesa muchas de las respuestas. El administrador está formalmente en un lugar y realmente en otro. Debe ejecutar acuerdos, pero también debe orientar. Debe acompañar al presidente, pero muchas veces se le exige que actúe como dirección general de una pequeña organización formada por propietarios que no siempre comparten intereses, urgencias ni capacidad económica.
Las obras que más parten una comunidad, según Jorge, son las que dependen de una subvención. Suelen ser grandes reformas y generan desconfianza entre quienes tienen más dificultades para pagar y quienes tienen más prisa por hacerlas. La subvención, que sobre el papel debería facilitar la decisión, también añade incertidumbre, plazos, miedo a quedarse fuera y sospechas sobre quién empuja y quién frena. En una ciudad pequeña, además, Jorge ve la rehabilitación como la oportunidad más clara de los próximos años. No lo plantea como una moda, sino como la vía que realmente puede transformar edificios y comunidades en su entorno.
El siniestro que recuerda con más detalle empezó como una supuesta caída de ascensor. En realidad, el problema estaba en el tensor de la puerta de la cabina. Fue un fin de semana de verano. Acudieron bomberos, ambulancia, periódicos y televisión nacional. No hubo heridos, solo nervios, pero la noticia salió en prime time con un relato mucho más dramático: estaban vivas de milagro.
Las primeras horas fueron de contraste y contención. Se entrevistaron con los técnicos de ascensores, pidieron a una OCA un informe y respondieron a las amenazas del director general de la empresa de ascensores. La escena mezcla casi todo lo que el oficio tiene de ingrato: la urgencia técnica, el miedo de los vecinos, la versión mediática, la presión empresarial y la necesidad de no perder el pulso antes de saber exactamente qué había ocurrido.
Por eso, cuando Jorge enumera sus tres herramientas imprescindibles, no empieza por un programa. Habla de comunicación, confianza con los proveedores y formación técnica y profesional. La comunicación es, para él, la única forma de trabajar con los clientes. La confianza con proveedores permite obtener respuestas sinceras y rápidas. La formación ayuda a adaptarse. Es un triángulo poco brillante en apariencia, pero bastante real: hablar, tener a quién llamar y saber de qué se está hablando.
El canal que más lo desgasta es el teléfono, seguido de cerca por el correo electrónico. Y si pudiera imponer una norma digital durante un mes, sería tajante: los e-mails se contestan al día siguiente como pronto. No es una ocurrencia menor. En muchos despachos, la inmediatez se ha confundido con servicio, y la bandeja de entrada se ha convertido en una junta permanente donde todo parece exigir respuesta inmediata. Retrasar la contestación no siempre es desatender. A veces es dar espacio para pensar, ordenar y no responder desde la sacudida.
El recorrido de una incidencia en su despacho tiene una secuencia reconocible. Entra principalmente por teléfono, se abre en el programa, se avisa a la compañía de seguros o al reparador y se anota el encargo dentro de la incidencia. Según la urgencia, se fija una fecha de seguimiento. Después toca insistir a los reparadores, que según Jorge nunca cumplen el plazo, comprobar con el cliente que ha sido atendido, recibir la factura y cerrar.
La factura sigue otro camino. Se comprueba el importe y se contabiliza como pendiente de pago. Si está domiciliada, se cierra con el cargo. Si corresponde a obras, antes del pago se comprueba con el presidente o se firma talón bancario con él. En esa descripción no hay adornos, pero sí controles: importe, contabilización, validación, pago y cierre.
El fraude digital aparece a diario, sobre todo a través del correo. Jorge dice que suelen ser intentos bastante obvios. La frase no debería llevar a confiarse, pero sí refleja un aprendizaje cotidiano: el despacho vive expuesto a suplantaciones, facturas falsas, cambios de cuenta y mensajes escritos para pillar a alguien con prisa. Otra vez la calma. Otra vez no contestar ni actuar demasiado rápido.
Utiliza inteligencia artificial para redactar actas y elaborar documentación para comunicaciones, pero no delegaría casi ninguna decisión en una máquina. La distinción es importante. La herramienta puede ayudar a escribir, ordenar o acelerar tareas, pero decidir sigue siendo una responsabilidad humana. Entre las herramientas que le resultan útiles cita la banca electrónica, con sus normas de descarga y subida de recibos, Antigravity para elaborar pequeñas herramientas y ChatGPT, más como buscador o como forma de aligerar tareas.
En un teléfono nuevo instalaría primero WhatsApp. Y eliminaría la misma aplicación. La utiliza tanto como la detesta. La contradicción no necesita demasiada explicación. WhatsApp es imprescindible porque la gente está ahí, pero precisamente por eso puede volverse invasivo, desordenado y difícil de domesticar. Es herramienta y problema al mismo tiempo.
Cuando mira al futuro de la profesión, Jorge señala un reto principal: una nueva Ley de Propiedad Horizontal orientada al profesional y al siglo XXI. No habla solo de digitalización ni de nuevas aplicaciones. Habla del marco que ordena la relación entre comunidades, propietarios, presidentes y administradores. Si la ley mantiene al administrador en un papel que no se corresponde con la práctica diaria, la tensión seguirá apareciendo en cada conflicto.
También ve una frustración muy concreta en el día a día: la dificultad para encontrar reparadores serios y profesionales. No es un problema menor. Una administración puede tener procesos, programa, seguimiento y criterio, pero si quien tiene que reparar no responde, el desgaste termina volviendo al despacho. El propietario no siempre distingue entre quien gestiona y quien ejecuta. Para él, el problema sigue abierto.
Los despachos del futuro, en su opinión, estarán más automatizados, pero con compañeros y empleados con más presencia física en los edificios. La combinación es interesante porque no cae en el tópico de menos presencia humana. Automatizar lo que se pueda automatizar para estar más donde hay que estar: en la finca, en el edificio, en el lugar donde los problemas dejan de ser correos y vuelven a tener forma concreta.
El consejo que le habría gustado recibir cuando empezó, y que daría hoy a quien empieza, tiene dos partes. La primera es formación. Sin formación todo es más difícil. La formación da confianza con compañeros y proveedores, y esa confianza se traduce en confianza de los clientes. La segunda es más incómoda y quizá más necesaria: que no empiece con honorarios baratos, porque se está obligando a trabajar mal.
Al final, cuando le pregunto qué le gustaría que quedara claro si dentro de veinte años alguien escribiera su perfil, no habla de comunidades, de crecimiento ni de tecnología. Responde: “Que fui su amigo”. Es una forma muy concreta de medir una trayectoria. No por la cantidad de expedientes cerrados, sino por el tipo de presencia que uno dejó en los demás.
Su recomendación profesional también se sale un poco de lo esperado. Dice que suena extraño, pero elegiría el Plan General de Contabilidad. Tiene sentido en una entrevista donde las grandes ideas acaban siempre aterrizando en importes, facturas, recibos, validaciones y responsabilidad. A veces el libro que marca no es el que inspira, sino el que enseña a no perder pie.
Antes de terminar, deja nombres para otros desayunos: Eduardo Castro, en Sevilla; una mujer de Mallorca, donde dice que hay varias para elegir; Martín Carlos y Manuel Baile. La mesa vuelve entonces a la cocina de su madre, al chocolate con churros, al móvil cerca aunque uno quiera apartarlo, y a esa definición que sostiene toda la conversación: padre, amigo y calma cuando hay tempestad.