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Un desayuno de domingo con Laura Morilla Moar: moverse dentro del laberinto

Laura Morilla Moar administra comunidades en Madrid desde Safcb Administración, S.L. Habla de ingresos recurrentes, juntas que se tuercen, eficiencia energética, IA, procesos, egos y una idea que atraviesa su manera de mirar el oficio: crecer en medio del caos sin perder el pulso humano.

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Entrevista a Laura Morilla Moar

11 min de lectura
Laura Morilla Moar, administradora de fincas
Ilustración: Gemini

A las 7:30 del domingo, Laura ya está en pie. No necesita demasiado tiempo para entrar en el día: se levanta y desayuna. En la mesa hay café con leche, yogur, queso cottage y requesón. No lo cuenta como una ceremonia lenta ni como uno de esos desayunos construidos para parecer domingo, sino como algo más sencillo: sentarse, alimentarse y encontrar un rato en el que el mundo todavía no ha empezado a reclamarlo todo.

El domingo, para ella, no es exactamente un territorio cerrado al trabajo. Hay descanso, sí, pero también una posibilidad que durante la semana escasea: trabajar sin interrupciones, a su ritmo y con serenidad. Esa última palabra se queda en la mesa porque casi todo lo que viene después parece empujar en sentido contrario. Cuando la semana pesa más de la cuenta, la calma vuelve por tres caminos muy concretos: dormir, leer e invertir en bolsa. No hay una teoría del equilibrio. Hay cosas que le devuelven control.

Quizá por eso, cuando tiene que elegir un objeto que la retrate, no señala un despacho, una mesa o un ordenador. Elige su Kindle. “Dime qué lees y te diré quién eres”, dice. La frase tiene algo de broma, pero también de advertencia. En una profesión que acumula correos, actas, incidencias, consultas, reuniones y versiones de lo ocurrido, leer no parece una fuga. Parece una forma de ordenar la cabeza antes de volver al ruido.

Laura viene de un Congreso Internacional y, si no pudiera decir “administradora de fincas”, se presentaría de una manera que en ese contexto le sale fácil: manager de comunidades. La expresión podría sonar prestada en otra boca, pero aquí funciona como resumen de una realidad bastante amplia. Gestionar comunidades no es solo atender edificios. Es coordinar personas, números, reuniones, proveedores, tecnología, conflicto, expectativas y cansancio.

Cuando convierte el oficio en paisaje, sin embargo, no se va a una imagen limpia. Elige el laberinto del Minotauro. La profesión, dice, consiste en ir sorteando peligros y salir con ingenio y con ayuda del equipo. No se coloca sola en el centro de la escena. En su relato, el equipo aparece pronto porque ese laberinto no se atraviesa a base de voluntad individual. Se atraviesa con reparto, método y gente capaz de sostener distintas partes del camino.

Desde Safcb Administración, S.L., en Madrid, Laura administra entre 101 y 200 comunidades, mayoritariamente residenciales, con un equipo de 12 personas que trabajan de forma transversal y, sobre todo, por departamentos especializados. El dato no funciona solo como tamaño. Explica parte de su manera de mirar el despacho: cuando el volumen crece, la intuición ya no basta; hace falta una organización capaz de absorber interrupciones sin romperse cada día.

El momento en que entendió que aquello podía ser lo suyo tampoco aparece envuelto en vocación romántica. Lo explica con tres hallazgos muy concretos: comprendió la importancia del ingreso recurrente, lo breve de la LPH y la felicidad de manejar números y reuniones. La mezcla es curiosa y bastante reveladora. Por un lado, el negocio. Por otro, una ley breve que obliga a interpretar mucho. Y, en medio, números y reuniones, que en este oficio casi siempre significa orden y personas.

Su entrada en el sector llegó desde otro lugar. Empezó como abogada, reclamando a una comunidad de la abuela de su marido. Fueron tres años de juntas y gestiones. A otra persona le habría parecido una condena. A ella le pareció de lo más interesante. Ahí ya estaba una parte del oficio que después volvería con otros nombres: insistencia, conflicto, comunidad, tiempo largo y capacidad de seguir cuando un asunto no se resuelve en una conversación.

La primera metedura de pata que recuerda tiene algo muy físico. Un moroso apareció con dinero en efectivo dentro de un sobre y a Laura le pareció grosero ponerse a contarlo delante de él. Le dio los recibos y, cuando comprobó que faltaba dinero, tuvo que poner ella la diferencia. La escena es pequeña, pero enseña rápido. En este trabajo, la cortesía mal colocada puede salir cara, y un sobre, unos recibos y un gesto tienen más consecuencias de las que parece.

Un día normal empieza acometiendo lo urgente, sigue sorteando interrupciones y termina con una dificultad que no suele aparecer en las versiones amables de la profesión: continuar avanzando cuando ya fallan las fuerzas. Lo dice sin dramatismo, pero ahí está uno de los puntos más reconocibles del oficio. No basta con saber qué hay que hacer. Muchas veces hay que hacerlo cuando la energía ya no acompaña y, aun así, el correo, el teléfono, el vecino, el proveedor o el presidente siguen esperando respuesta.

Las juntas también tienen su sitio en ese desgaste. Laura recuerda una presidenta que no sabía firmar desde la aplicación y llegó a decir que el despacho había cobrado 64.000 euros en verano. Lo que había ocurrido era otra cosa: desde la cuenta de la empresa de Laura se había repartido una subvención que exigían los propietarios. Ella pudo demostrar que esa misma cifra había salido de la cuenta de su empresa hacia las cuentas de los propietarios, y además constaba que la presidenta estaba informada por correo electrónico. Los propietarios la respaldaron.

De esa escena sale una de sus normas más claras: grabar todas las juntas. No lo plantea como capricho tecnológico ni como obsesión defensiva, sino como respuesta a una realidad conocida por cualquier administrador. La memoria de una reunión cambia con demasiada facilidad, y lo que no queda fijado puede volver semanas después convertido en sospecha.

Cuando le pregunto por el principal problema que ve en las comunidades, no habla de una avería concreta ni de una partida presupuestaria. Habla del inmenso volumen de trabajo y de unas exigencias crecientes. Esa respuesta encaja con casi todo lo anterior: la urgencia, las interrupciones, el equipo, los procesos y la necesidad de no dejar que el despacho dependa solo de la resistencia personal.

Si ese es el problema de fondo, hay una clase de obra que para ella concentra una dificultad especialmente clara: la eficiencia energética. La razón no la sitúa en la técnica, sino en la mirada de los propietarios. Ve cortoplacismo y negacionismo ante el ahorro futuro y ante la realidad de las subvenciones. Muchos no comprenden el retorno de una inversión a largo plazo ni el incremento de patrimonio que puede traer una rehabilitación bien planteada. La obra, por tanto, no se bloquea solo por dinero. Se bloquea porque cuesta mirar más allá del recibo inmediato.

Los siniestros no dejan tanto margen para convencer a nadie. Laura recuerda la inundación de cuatro plantas en un enorme edificio de Madrid. En las primeras horas tuvo que coordinar al seguro con el personal de mantenimiento, visitar a los afectados y realojarlos en hoteles cercanos. Ahí el oficio pierde cualquier capa abstracta. Hay agua, plantas afectadas, personas fuera de casa, llamadas, decisiones y una secuencia que debe sostenerse mientras todo el mundo necesita una respuesta.

Para que ese volumen no se coma el despacho, Laura se apoya mucho en la tecnología. Sus tres herramientas imprescindibles dibujan bastante bien su manera de trabajar. Usa NotebookLM porque le evita rebuscar entre montañas de información: pregunta y obtiene lo que necesita. Usa ChatGPT para el día a día, porque agiliza casi todo. Y utiliza Helena, la IA de Sepín, para búsquedas jurídicas, informes y dictámenes que elevan la calidad del trabajo. No habla de inteligencia artificial como escaparate, sino como forma de quitar fricción a tareas que antes consumían horas.

El canal que más la desgasta no sorprende: el correo electrónico. “Son infinitos”, dice. Esa infinitud explica también qué norma digital impondría durante un mes si pudiera: dedicar el tiempo a destripar todos los procesos, automatizar cada punto posible y crear agentes que trabajen 24/7. La idea es ambiciosa, pero nace de algo muy prosaico: demasiadas entradas, demasiadas comprobaciones, demasiados pasos pequeños que no deberían depender siempre de una persona.

En su despacho, una incidencia se abre en el CRM y se van dando de alta y documentando las gestiones que realiza cada miembro del equipo hasta cerrarla. Si es preciso y da tiempo, se informa al afectado durante el proceso, aunque reconoce que a menudo son ellos quienes persiguen al despacho. La frase baja la tecnología a tierra: no basta con tener un CRM si la expectativa del propietario corre más deprisa que la gestión.

Con las facturas ocurre algo parecido. Llegan casi todas por correo electrónico o directamente al programa. Mediante un flujo de Power Automate se clasifican por número de comunidad y se contabilizan. Además, Laura cuenta con una empleada dedicada a validar y pagar con los presidentes las facturas que no corresponden a mantenimientos ordinarios domiciliados. Hay automatización, pero sigue habiendo revisión humana allí donde el pago exige conformidad, criterio o una comprobación adicional.

La ciberseguridad no aparece como hipótesis. Ya tuvieron un susto serio. Una empleada entró en un enlace y les secuestraron todo pidiendo dinero. Tuvieron suerte: contaban con copia de seguridad de cada noche y perdieron solo ese día de trabajo, además del tiempo que necesitó el informático para restablecerlo todo. Desde entonces tienen sistemas antivirus potentes y el personal está mucho más concienciado. La lección no viene de un curso, sino de haber visto el despacho bloqueado.

Cuando habla de inteligencia artificial, Laura no pone demasiadas barreras retóricas. La usan en todo lo que pueden porque va más rápido y, dice, no sabe cómo sobrevivían antes. Siempre revisan el resultado. Hoy, según ella, la IA toma pocas decisiones: hace lo que le pides. El día de mañana no lo sabe, porque esto avanza de vértigo. Esa prudencia es más interesante que el entusiasmo. Aprovecha la herramienta, pero no finge tener resuelto lo que todavía está cambiando.

El entorno de trabajo que menciona es Windows 365 y Gesfincas. En un teléfono nuevo, lo primero que instalaría sería WhatsApp e Interactive Brokers. Lo primero que eliminaría, TikTok. La combinación la retrata mejor que una frase muy preparada: comunicación inmediata, inversión y poca paciencia para la distracción vacía.

Cuando mira al futuro de la profesión, el reto más urgente lo resume en una idea: adaptarse a la IA. Pero cuando se le pregunta por los dolores reales del oficio, vuelve a las personas. El trato con la gente, siempre. Las luchas de egos y los complejos. Ahí se ve una tensión que atraviesa toda la entrevista: la tecnología puede acelerar búsquedas, documentos, clasificación y procesos, pero no elimina la parte más difícil de la convivencia. El laberinto sigue teniendo personas dentro.

Entre rehabilitación, digitalización y mediación, Laura elige la rehabilitación sin duda. La digitalización la considera una necesidad, y la mediación algo que ya hacen a diario. La oportunidad, por tanto, no está solo en usar más herramientas, sino en abordar edificios que necesitan transformarse y comunidades que deben entender por qué esa inversión tiene sentido.

Sobre el futuro de los despachos, su diagnóstico es claro: considera imprescindible compartir recursos entre compañeros, manteniendo la marca personal, la independencia y la singularidad. Al mirar los últimos movimientos de grandes multinacionales, lo resume sin adornos: hay que ser rápidos o vender ya. No lo plantea como amenaza lejana, sino como presión real sobre despachos que tendrán que decidir cómo ganan escala sin perder criterio propio.

El consejo que echa en falta para quien empieza también vuelve a las personas. Recomendaría formación para tratar con el público, control de reuniones y gestión de equipos. “La clave son las personas”, dice. Después de hablar de IA, CRM, Power Automate, Windows 365, Gesfincas, Sepín y agentes 24/7, esa frase no suena antigua. Suena a comprobación.

Si dentro de veinte años alguien escribiera su perfil, le gustaría que quedara claro que fue una empresaria eficiente y de calidad, que supo aprovechar las circunstancias y rentabilizar a tope su negocio. No lo formula desde la falsa modestia. Lo dice como quien sabe qué quiere dejar en pie: eficiencia, calidad y capacidad empresarial.

La recomendación que deja encaja con esa mirada: Antifrágil, de Nassim Nicholas Taleb. Le interesa ese concepto que va más allá de la fortaleza. La antifragilidad, explica, consiste en aprovecharse del caos y crecer con él. Con los estresores a los que se ven sometidos, uno se eleva y mejora. La idea podría sonar grande si apareciera sola, pero después de la inundación, el ransomware, las juntas, el correo infinito y las exigencias crecientes, queda bastante pegada al suelo.

Antes de cerrar, deja dos nombres para seguir la serie: Joni Burnett y Mónica Rodríguez. Y la conversación vuelve, sin necesidad de forzarla, a la mesa del principio: café con leche, yogur, queso cottage y requesón; el Kindle cerca; quizá algo de trabajo sin interrupciones, pero a su ritmo. En ese hueco de domingo, Laura no sale del laberinto porque el laberinto desaparezca. Sale porque ha aprendido a moverse dentro con equipo, método y algo de serenidad.

Citas destacadas

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"Dime qué lees y te diré quién eres."

— Laura Morilla Moar

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Hay contenido adicional en preparación. Aún no está listo para publicar — prometemos que no es por falta de café.

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